Una de las características de nuestra época es la comodidad con que el personal se mueve del blanco al negro. Se renuncia sin demasiado reparo a cualquier gris de los muchos disponibles. Nuestros colegas informáticos nos indicarían con orgullo que a más bits, más grises, aunque reconozco que a mí me peta la cabeza a partir del octavo. Quiero creer que parte del proceso de madurar, si es que eso existe, consiste en aprender a interpretar lo que nos pasa sin exceso de euforia o pesadumbre; aunque ya puestos, siempre euforia, nunca ineuforia. Normalmente, las vivencias de la gente normal® pueden ser interpretadas desde múltiples ángulos, pues ya lo decía Borges: "En este mundo traicionero, nada es verdad o mentira, todo depende del color del cristal con que se mira". Abandonarse al blanco o al negro rara vez suele ser la única opción.
Si ilustramos la cuestión con un ejemplo, parece evidente dónde quedarían el Real Madrid y Milhouse Van Houten en nuestro virtual viaje por la paleta de grises. Por un lado tenemos al adalid de la fortuna (esto requiere un debate más profundo, sí, pero a efectos de lo que quiero contar, lo dejaremos así), pero también del inconformismo, el Real Madrid. La idiosincrasia del club consiste en ganar, ganar y nunca quedar conforme. Y además contando con la famosa flor. Nuestro querido blanco. Por otro lado aparece Milhouse, un niño de buenas intenciones al que la fortuna no le puede ser más esquiva . En las escuelas de negocios, cuando se describen casos de éxito, se utiliza como ejemplo al Real Madrid, pero los que no hemos nacido con esa flor traseril, debemos recurrir al espíritu de Milhouse como brújula que nos guíe. Ser capaz de no colapsar ante las vicisitudes de la vida me resulta mucho más interesante que la ambición desmedida. En la vida hay más desgracias que otra cosa, por eso tener la capacidad de enfrentarse a ellas relativizando es la clave del asunto. Si a uno se le estropea el coche a 4 horas del concierto de su vida puede caer en la tentación de hundirse en la miseria, pero si apela al espíritu de Milhouse, y simplemente se da cuenta de que el mundo no se ha acabado, que el concierto sigue programado, que goza de una buena salud, y que el suministro de Mahou está garantizado, puede comenzar a dar la vuelta al relato añadiendo pequeñas victorias a la historia. Se pone uno guapo, se hidrata adecuadamente y procede a dejarse llevar. Trepar por la escala de grises hasta llegar a los claros y abandonar la oscuridad. Si se te inunda la casa, al menos podrás dar uso a tus pantalones pesqueros, y todavía hay talleres abiertos.

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