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Lo siento, señora

 "Señora, lamento ser el portador de malas noticias". Fueron las palabras que George Foden, teniente coronel de la primera división de infantería del ejército de los Estados Unidos de América, dedicó a Martha Mitchell, madre de un joven llamado James. Entre las responsabilidades del teniente Foden se encontraba la de informar personalmente de los fallecimientos de aquellos miembros de la cadena de mando que quedaban bajo su paraguas. Se desplazó una calurosa mañana de junio al pequeño pueblo de Kensett, al norte del estado de Iowa. James perdió la vida luchando por su patria en una misión de paz que el ejército de su país desarrollaba en Afganistán. El batallón del que formaba parte Jimmy -ningún colega le llamaba James- fue sorprendido por un grupo de yihadistas mientras protegían un convoy que transportaba víveres en las afueras de la capital afgana. 

La noticia de la muerte de su hijo provocó en Martha una tristeza indescriptible, pero también sirvió como cierre a la epifanía que años atrás había experimentado cuando su querido niño le confesó que quería alistarse en el ejército. Desde ese día Martha había evitado seguir demasiado de cerca la actualidad del mundo hostil al que su hijo había decidido combatir, pero ella sabía que algo saldría mal.

Todo lo anterior me lo he inventado, pero quiero con eso indicar dos cosas. 

Cosa número 1. Para todos era axiomático que dar malas noticias no es agradable. Hemos vivido pensando que era así, pero la abrumadora fuerza de los medios de comunicación, su afán de control (en todas las plataformas, clicks o toque al botón mediante) y en última instancia de poder y dinero, han provocado el desmoronamiento del axioma y el nacimiento de la certeza de que -y aquí me permitiré citar a Mariano Rajoy- cuanto peor, mejor. Usar el miedo para generar la continua necesidad de estar informado es una de las lacras que nos tocan vivir hoy. No endulzaré el asunto diciendo que vivimos en un mundo de luz y de color -que en parte sí-, pero igual que todos nos enteramos de que un niño ha sido embestido por un toro en las fiestas de su pueblo, me gustaría que el informativo de turno de vez en cuando me contara que el niño en cuestión, u otro, que para el caso es lo mismo, ha aprobado todas las asignaturas y metió 3 goles en el último partido de liga. La clave es el relato y cómo orientarlo.

Cosa número 2. Me sobra información. Somos parte de un mundo dedicado al consumo, y como tal, no podemos esperar otra cosa que una avalancha de contenido orientado a hacernos consumir, pero quiero creer que todavía tengo capacidad de parapetarme. He decidido volver a las andadas del inicio de la pandemia y dejar de ver las noticias. No es que no me importe lo que pasa, es que en la época del cuidado de la salud mental predicado a los cuatro vientos, no pasa un día en que no se pongan a prueba los límites de la ansiedad. Cuánto me durará este ataque de cordura es algo que está por ver, pero entretanto, disfrutaremos del verano.

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