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Buscando certezas




Un día, un reportero salió a la calle a preguntar a la población por el aumento de la contaminación en la ciudad. Debido a la situación anticiclónica que en ese momento se vivía, la concentración de contaminantes producidos en la combustión de diversos combustibles era muy importante, llegando a niveles considerados como peligrosos para nuestros estándares de calidad del aire. Uno reconoce esos días por un intenso picor de ojos, acumulación de partículas en la mucosa, o por los mensajes que aparecen en las paradas de autobús contraindicando el ejercicio al aire libre. El caso es que el reportero, en su búsqueda de testimonios y opiniones, se acercó a un señor cuya respuesta propició que de inmediato se colara entre los memes del momento. El señor, en un alarde de pragmatismo –dejo la adjetivación abierta al juicio de cada uno-, le preguntó al periodista que dónde estaba la contaminación, que él no la veía.

Si estos días se pudiera salir a la calle, y el tema del momento fueran las certezas, yo mismo le podría responder a quien me preguntara que dónde están mis certezas, que no las veo. Todo cuanto creíamos tener bajo control se ha venido abajo con la crisis del Covid-19. Los planes que podíamos tener para este año han dado paso a las dudas de cuándo podremos volver a un estado de normalidad –creo que lo que considerábamos normalidad pasará a definirse de otra manera en adelante- y los planes futuros adquieren tonos tan borrosos que resulta difícil verles la forma. Nos creímos invencibles, que decía la canción, pero ahora la duda es más que razonable, particularmente cuando vemos enfermar de gravedad a gente de nuestra misma edad por algo que en apariencia era inofensivo. Considerábamos el estado de las cosas como razonablemente sólido, y hemos visto en un mes cómo nuestro mundo pasaba a ser otro. Creíamos que ante una posible eventualidad habría algún plan global ya pensado, y hemos visto que no. Las especulaciones acerca de una incipiente crisis económica se han ido al traste, dejando paso a la –esta vez sí- certeza de una recesión sin precedentes, propiciada por el obligado parón en la actividad económica.

Las únicas certezas que se han revelado estos días son las que un día dejaron paso a los cantos de sirena y las promesas de un futuro de ciencia ficción. Las personas siguen siendo lo más importante. Discutíamos cuando estudiábamos filosofía si era mayor el todo o la suma de las partes; creo que estos días hemos visto claro que sólo mediante un todo podemos vencer –o al menos intentarlo-. El espíritu de comunidad es lo que nos ha hecho grandes, y espero que en este nuevo mundo que está viniendo seamos muy conscientes de ello. Los aplausos de las 20:00 no son sólo el agradecimiento a los sanitarios y al resto de profesionales –algunos infravalorados en tiempos de bonanza y ahora tan vitales- que nos cuidan, son también el momento en que nos damos cuenta de que no estamos solos, que no vamos a ninguna parte sin los demás, que abajo el individualismo –el mal entendido- y arriba la cooperación y la unidad. Probablemente estéis de acuerdo conmigo cuando diga que estos días hemos visto con mayor claridad la clase de gente que queremos a nuestro lado, y en la que nos debemos apoyar. Sabemos bien a quién echamos de menos y quién espera nuestro abrazo.

Las crisis sacan lo mejor de unos y lo peor de otros. Aborrezco a quien aprovecha la zozobra para sembrar odio, y compadezco a quien no encuentra una luz de esperanza. Ignoremos al primero y ayudemos al segundo. Me quedo con quien presta su energía, su sonrisa y su calidad humana a los demás. Reforcemos las pocas certezas que nos quedan y luchemos por un futuro mejor. Volvamos a poner de moda la primera persona del plural.

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