El establecimiento de objetivos por parte del ser humano es
algo de lo más natural. No hacerlo sólo se concibe desde la perspectiva de
quien considera que la única forma que tiene un plan de no fallar es la de no
existir, o en la asunción del destino como ente que rige nuestras vidas. Esto
va un poco en la línea del "quien no actúa no se equivoca" o "que pase lo que
tenga que pasar".
Yo milito en las filas de los deterministas, y tengo bastante
claro que los sucesos vienen precedidos por otros o, dicho de otro modo, sin
causa no hay efecto. En el mundo de la física las leyes de Sir Isaac Newton
describen este fenómeno filosófico sin pretenderlo, pues el pobre Newton sólo
pretendía usar el método científico para probar lo que sucedía a los cuerpos de
su alrededor. Se puede enfrentar uno a la vida de manera proactiva, haciendo
que las cosas pasen proponiendo acciones, o se puede optar por la vía reactiva,
esperando que sucedan para actuar. Ya he confesado mi simpatía por el fútbol
ofensivo, con lo cual podéis imaginar dónde me posiciono. Tampoco hay que esperar, como Newton, a que una epidemia de peste bubónica en nuestros lugares de trabajo nos recluyan cierto tiempo en casa para ponernos a definir las reglas del cálculo infinitesimal y la mecánica clásica.
La definición de objetivos al principio del año es el
mecanismo que nos hemos dado los mortales para tratar de poner el contador de
nuestros errores y fracasos a cero y volver a poner a prueba nuestra
disciplina, constancia, voluntad y, por último, pero no por ello menos
importante –a menudo más-, nuestra suerte. La búsqueda de la redención ha dado
para tantas películas en Hollywood y aledaños que lo mínimo que podíamos hacer
era traerla al mundo terrenal. Ya expliqué en mi primer post que para alcanzar
un determinado objetivo había que considerar una estrategia a emplear, con lo
que no me extenderé sobre este aspecto. Considero positivo que actuemos
buscando cumplir objetivos, pues esa meta supone un estímulo a menudo poderoso
por el que seguir luchando. Sólo disiento con la periodicidad que usamos: el
período de un año. Propongo al nuevo Gobierno plantear intervalos más cortos, trimestrales,
de modo que si fallamos en la consecución de nuestros objetivos o agentes
externos nos impiden alcanzarlos, tengamos la opción de replantearlos al
comienzo del cuarto mes.
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| Sobra decir cuál es el tema de la película |
Soy uno más en la trinchera de los que fijan objetivos a
principios de año, pero con el tiempo he aprendido a no depender del Gobierno
de turno e irlos renovando según convenga. Es bien cierto que partiendo de unas
expectativas modestas los resultados finales nos pueden sorprender y
congratular, pero tampoco tiene nada de malo ser ambicioso en los objetivos. Mis
objetivos para este año no serán muy diferentes de la mayoría, entiendo que
todos buscamos nuestra mejor versión y la obtención de la felicidad. La gracia
de la vida está en las pequeñas cosas, de modo que intentaré aprovechar y
disfrutar de las buenas y aprender, cuando se pueda, de las malas. Rodearse de
la gente adecuada es cuestión fundamental, y para ser honesto creo que esa
parcela la tengo bastante bien cubierta. Prodigarse en el disfrute de los
placeres de la vida en las cantidades saludables también debe estar en la
lista. Valorar y agradecer lo que se tiene es otra etapa en el camino a la
plenitud. Si con todo y con eso se consigue correr un 10.000 en 45 minutos y
mantener el resto de cuestiones al menos como están, podremos dar por bueno el
año.
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| Este año me convertiré en la versión española de Kenenisa Bekele -al menos lo intentaré- |



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