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"Yo es que soy de ciencias..."



Cerré mi anterior entrada citando a Leonardo da Vinci, personaje histórico admirado por la mayoría, con un legado extensísimo e influencia en multitud de campos. Si uno echa un vistazo a la Wikipedia –esa suerte de enciclopedia predicha por Isaac Asimov- se encontrará con la siguiente descripción: “fue un polímata florentino del Renacimiento italiano. Fue a la vez pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo,​ artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista”. Leyendo ese currículum se pregunta uno si se puede llegar a ser más cosas en la vida de las que fue Leonardo; seguramente no.
Desde niños se nos orienta hacia determinadas ramas del conocimiento con expresiones como “a esta niña se le dan muy bien los números” o “hay que ver cómo pinta mi Pepe”. Poco a poco centramos nuestros esfuerzos en perfeccionar los conocimientos que poseemos sobre una determinada materia y el resto nos acompaña como una molesta rémora. El culmen del proceso se materializa cuando nosotros mismos pronunciamos aquello de “yo es que soy de ciencias” o “a mí no me hables de números, que yo soy de letras”. Me gustaría hacer hoy un canto a la polivalencia –que de ningún modo estoy reconociendo poseer- y a las ganas de aprender –de eso sí se me puede acusar-.

Los estereotipos están a la orden del día. Rompamos con ellos.
 
Desde niño tuve cierta facilidad con las cuentas, como dice mi abuela, y diría que con 10 años en mi familia sabían que sería ingeniero o similar –yo quería ser científico porque era un enamorado de Merlín el Encantador y sus pócimas e inventos, y con los años descubrí la gracia que tenía que su búho se llamara Arquímedes-. Pasaron los años en dirección a la universidad y en ningún momento –salvo en segundo de bachiller y gracias a un fantástico profesor de filosofía- tuve la tentación de desviar mi camino de la senda que la ciencia marcaba. Si en aquel momento no lo sabía, poco tardé en comprender que para poder tener un correcto desempeño en la universidad, tomando copas o en cualquier ámbito de la vida, hay que conocer qué ha hecho nuestra especie a lo largo de su existencia y hasta nuestros días, a qué nos hemos dedicado y en qué hemos pensado. Lo que en su momento se llamaba cultura general y que hoy está tan denostado en ciertos foros, creo que es la base del respeto y de la tolerancia por los demás. Considero que no hay mayor cura de humildad que el conocimiento; cuanto más se sabe de algo, más consciente se es de todo lo que se desconoce –aquel famoso “Sólo sé que no sé nada”, con la tilde de sólo, claro-.

Uno de mis mentores y responsable directo de la creación en este blog. Algún día escribiré una entrada sobre él.

En la sociedad, y en el mundo de la empresa en particular, se tiende a la especialización –de una manera absolutamente comprensible-, pues si se trata de competir, qué mejor que hacerlo con los expertos en un área. No hablo de abandonar la especialización, pues es innegable que una manera evidente para conseguir ganarse la vida es especializarse y destacar en una determinada materia. Tampoco estoy diciendo que nos tengamos que parecer a Leonardo porque, salvo un número muy reducido de elegidos, nadie puede acercarse ni mínimamente a esas cotas de genialidad y sabiduría, pero sí creo que merece la pena hacer el esfuerzo de aprender sobre cuestiones que en principio nos son ajenas –hasta que no probamos algo, no sabemos si nos gusta-. Si nos encanta el cine, la música o las series es porque han sido adaptadas a un formato atractivo para el común de los mortales, aunque traten temas tan complejos como pueden ser las explosiones nucleares o el diagnóstico de enfermedades autoinmunes –te echamos de menos, Doctor House- . Es probable que si probamos a realizar ciertas actividades –ir al teatro, a un museo, leer, u otra cuestión que se nos ocurra- encontremos que habrá cosas que nos llenen y nos enriquezcan como personas. Pocas cosas hay más bonitas que aprender.

Greg House, Goyo para los amigos. Referente en el fino arte de la ironía. Nos enseñó que nunca es lupus.
 
Comentaba hace poco con un amigo del pueblo, que ostenta el honorable título de Doctor en Humanidades, lo enriquecedor que es el debate y la posibilidad de aprender de los demás. Si nos cerramos en banda y lo damos todo por sabido, no sabemos lo que nos estamos perdiendo. Tengo que decir que la mayoría de la gente que conozco posee este espíritu de voluntad por aprender, aunque también conozco sonadas excepciones –particularmente doloroso en gente con mucho potencial-. 

En La escuela de Atenas se sintetiza todo lo que en este post se viene comentando. La transmisión de conocimiento y debatir sobre las ideas.

Por mi parte, trato de aplicarme el cuento, aunque reconozco que los quehaceres diarios me privan de poder dedicar el tiempo a poner a prueba mis límites –todos tenemos límites, pero como dice un famoso actor en un reciente anuncio cervecero: “El éxito consiste en alcanzar el potencial que cada uno tiene”- que me gustaría. Soy un ignorante absoluto en cuestiones artísticas, y cuando leí ‘El pintor de batallas’ del señor Pérez-Reverte me juré que en el algún momento dedicaría parte de mi tiempo a aprender los fundamentos de tan noble arte. Siempre se está a tiempo de hacer acto de contrición y cambiar las tornas. Una de las maneras que actualmente estoy usando en esa línea es precisamente este blog. Nunca había intentado encadenar tantas frases seguidas buscando darles sentido y exponerlas al público, con lo que os podéis considerar parte del experimento.

Terminaré citando a Cervantes –difícil fallar citándolo-: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

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