Explicaba en mi primera entrada que el trabajo en equipo era
una de los motivos por los que me gusta el fútbol. Podría mi querido lector
haber llegado hasta aquí pensando que hoy se libraría de alguna referencia al
deporte rey; mis disculpas. Decía el psicólogo Erich Fromm que nacemos solos y
morimos solos, y que en el paréntesis la soledad es tan grande que hay que
compartir la vida para olvidarla. Yo prefiero tener una visión más optimista de
todo el proceso, sin embargo, comparto que la vida, acompañado de otros, es más
bonita.
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| El Brasil del 70. Pelé fue la estrella, pero se ayudó de Jairzinho, Rivelino o Tostao para maravillar al mundo y coronarse campeón |
La primera aproximación al trabajo en equipo que experimenté
en mi vida supongo que fue cuando en el patio del colegio organizábamos un
‘pillao’. Junto a mis compañeros desplegaba las que para nosotros eran las
técnicas más sofisticadas de persecución inventadas por el hombre. Correr y
gritar como locos era una forma de trabajo en equipo que por aquel entonces
considerábamos la más efectiva. Unos años más tarde y muchas patadas a los
numerosos balones que mi padré me compró después, comencé a jugar a fútbol sala
en el equipo de mi pueblo. Mis amigos y yo, que apenas levantábamos un palmo
del suelo, comenzamos a jugar con niños 2-3 años mayores que nosotros. Aprendimos
algunos fundamentos del deporte y nos curtimos rápido peleando con niños
mayores –supimos que el aprendizaje se acelera jugando contra los mejores-.
Otras de las enseñanzas que el proceso nos dejó fueron que las patadas en la
espinilla dolían más cuando hacía frío, que un balón de fútbol sala puede dejar
una buena marca en el cachete, que perder es menos doloroso si tienes quien te
consuele, que meter un gol es la sensación más bonita que se puede vivir,
sobretodo si lo celebras con tus amigos, y que al rival se le respeta. He
jugado con estos amigos hasta hace unos 2-3 años y, aunque ya nos permanecíamos
en la cancha tanto tiempo esprintando como antes, hemos mantenido los
principios principales de solidaridad, orgullo de pertenencia a ese grupo,
esfuerzo y, como no podría ser de otra manera en este caso, búsqueda del mayor
número de risas posibles.
En el mundo de la empresa, en mi experiencia, a veces prima
más la individualidad que el trabajo colectivo, y cuanto más individualista veo
que alguien es, más claro tengo que no ha participado en deportes de equipo.
Cuando la empresa tiene clara su estrategia, el siguiente paso es organizar sus
equipos para poner en práctica las tácticas que llevarán a su consecución. En
la definición del equipo habrá que tener claras las aptitudes que se requiere de
los integrantes, y para el mantenimiento del espíritu de equipo habrá que
invertir tiempo y dedicación en la búsqueda de las correctas actitudes. Cuando
el individuo ve el objetivo más alcanzable con la ayuda del colectivo, y no
piensa únicamente en su interés, sino en el interés de la empresa, que
finalmente será el suyo, podrá dedicar su esfuerzo de manera solidaria en la
consecución de los objetivos del conjunto. En el fragor de la batalla uno ha de
aplicar los conceptos adquiridos durante tiempo. Llega un momento en el que no
hay tiempo para pensar, sólo para actuar y realizar aquello que ya aprendiste.
Por supuesto no se debe esperar resultados inmediatos cuando se trabaja en
equipo; como decía, los conceptos requieren de tiempo para ser adquiridos, y
sin la puesta en práctica de los mismos no se obtendrá el feedback necesario
para saber qué ha de ajustarse.
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| Rodearse de personas de las que se puede aprender algo es un noble objetivo vital |
Hace poco hablaba con un compañero de trabajo sobre su hijo,
que juega a fútbol en su barrio y que según su padre no es muy bueno. Me dijo
que jugaba de mediocentro defensivo. “¿Corre mucho, roba balones y le da la
bola a uno con su misma camiseta?”, le pregunté, y me respondió que sí. Bien,
ese niño tiene claro su función dentro del entramado. Desconozco cómo juega su
equipo, ni qué clase de química tienen, pero sé que al menos cada uno conoce
qué debe hacer. Cuando las aptitudes correctas se disponen de la manera
adecuada en la organización, se podrá obtener resultados mejores, peores, más
rápidamente o menos, pero los ingredientes de la receta están en el puchero;
habrá que dosificarlos y removerlos en su justa medida.
Un buen equipo necesita un organizador detrás. Me explicaba
un amigo mío, director de tienda de una famosa empresa dedicada al comercio de
productos de deporte, que organiza su estructura –simplificadamente- en
director, responsables y vendedores, lo complicado que le resultaba encontrar
gente adecuada no sólo por aptitudes, sino por actitudes. También me explicaba
que cuando la situación en alguna tienda había pasado por una dirección no
demasiado buena, conseguir una buena actitud en el trabajo de ciertos
trabajadores se hacía muy complejo. Si en las posiciones de liderazgo de
equipos no hay gente empática, que enseñe y explique, que fomente el diálogo,
que pida opinión, que haga sentirse importantes a los trabajadores haciéndoles
ver que son más que un número, que les oriente y trate de hacer cumplir sus
expectativas profesionales, obtener resultados y un trabajo en equipo efectivo
es muy complicado. Qué importante es la motivación en la vida.
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| Un todo motivado siempre será mayor que la suma de sus partes |
Reconozco la complejidad que tiene conseguir todo lo que he
mencionado, pues los condicionantes previos pueden hacer la labor mucho más
difícil a las personas que lideren, y las aptitudes de los efectivos no siempre
serán las que el líder sueñe. Sin embargo, sí hay que tener la convicción –que
no la fe- de que el trabajo del conjunto reforzará las aptitudes individuales.
Mediante la suma de los aspectos positivos que la pertenencia al grupo genera,
producirá transmisión de conocimientos y permitirá una cultura del trabajo que
ayudará a perdurar en el tiempo y poseer una identidad como empresa.
| Concepto tradicional de desarrollo de producto |
El siguiente paso, cuya puesta en práctica, para mí, y
disculpadme la expresión, es la leche, es la interacción entre equipos. Cuando en
la Universidad me explicaron el flujo de diseño del producto, me hablaron de la
‘Ingeniería Concurrente’. El concepto nacía por la necesidad de abandonar el
enfoque tradicional en la empresa, donde las diferentes áreas trabajaban de
manera independiente en la creación de un producto. El resultado de este
enfoque no era el más óptimo, pues entre el producto que marketing establecía
necesitaba el mercado, el diseño que ingeniería realizaba, y la ejecución de
operaciones-producción, podía haber un abismo, aunque todas las áreas hablasen
de lo mismo. Cuando se abandona esta tendencia, y en la secuencia de creación
del producto se involucran todas las áreas (no simultáneamente, como es lógico)
se consigue plasmar en un producto funcional y vendible aquello que el mercado
requiere. Me gusta buscar la aplicación de un concepto a áreas diferentes
–imagino que lo habréis notado ya-. Del mismo modo que todo lo que he aprendido
del deporte lo oriento al mundo de la empresa, el concepto de ingeniería
concurrente tiene su aplicación en todo tipo de organizaciones. Se trata, en
resumen, de conseguir, bajo una buena dirección, que todas las áreas de la
empresa trabajen en una misma dirección. Eliminar la burocracia, simplificar
procesos y optimizar las tareas ayudará a conseguirlo.
| A la izquierda, el concepto tradicional. A la derecha, el concepto de ingeniería concurrente |
Toda esta teoría, podréis pensar, está muy bien, pero ¿cómo
se consigue aplicar? Con talento, claro. Y el talento se paga, y no todo el mundo lo consigue. En cualquier caso, como dijo –o eso creo-
Leonardo Da Vinci, la práctica debe ser edificada sobre una buena teoría.



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